FYJA —Festival Flores y Jardines— volvió a tomar Polanco con una edición dedicada a México como territorio natural, cultural y simbólico. Parque América, Parque Lincoln, Polanquito, las calles aledañas y la propia Masaryk se convirtieron en escenarios abiertos para mirar la ciudad desde otra sensibilidad: más pausada, más vegetal, más humana.
Masaryk, habitualmente asociada con el lujo, la moda, la gastronomía y las vitrinas más sofisticadas de la ciudad, dejó de ser únicamente una avenida de tránsito y consumo para convertirse en un paseo vivo. Al volverse peatonal durante el festival, permitió que visitantes, familias, diseñadores, curiosos, fotógrafos y amantes de la naturaleza la recorrieran desde muchos puntos de vista: como galería al aire libre, como experiencia cultural, como pasarela urbana y como jardín temporal.
En ese gesto estuvo parte de la fuerza de FYJA: llevar el jardín a la calle y hacer que la ciudad se mirara a sí misma desde la belleza. Las boutiques, restaurantes y tiendas de lujo se sumaron a la conversación con decoraciones florales monumentales que dialogaron con sus fachadas, escaparates e identidades visuales. Lo floral dejó de ser un acento decorativo para convertirse en lenguaje de marca, en hospitalidad, en gesto escenográfico y en una forma de participación pública.
La avenida más lujosa de México se volvió, por unos días, una avenida más cercana. El lujo se desplazó de la vitrina al encuentro; de la exclusividad silenciosa a una experiencia compartida. Las flores suavizaron la arquitectura, los jardines efímeros interrumpieron la rutina y las instalaciones invitaron a mirar hacia arriba, detenerse, fotografiar, conversar y recorrer.

FYJA no se vivió solo como un festival de flores. Se vivió como una lectura sensible de México: sus patios, sus huertos, sus colores, sus memorias botánicas, sus oficios y su relación profunda con la naturaleza. El jardín apareció como archivo emocional; como un territorio donde pasado y presente se encontraron a través del diseño contemporáneo. Tal como planteó el festival, en México el jardín siempre ha sido una forma de memoria: un espacio donde conviven historias familiares, saberes heredados y nuevas formas de relacionarnos con el entorno.
El Parque América albergó dos exposiciones centrales: una dedicada a jardines efímeros habitables, desde el diseño de paisaje, y otra a arcos florales monumentales, entendidos como instalaciones capaces de transformar el espacio público desde el lenguaje de la flor y el oficio.
Pero el verdadero encanto estuvo en cómo el festival permitió vivir Polanco de manera expandida. Se podía recorrer como experiencia de diseño, como ruta familiar, como paseo contemplativo, como inspiración para quienes aman la arquitectura, la moda, el arte floral o simplemente la posibilidad de caminar una ciudad distinta. FYJA convirtió el lujo en paisaje y el paisaje en experiencia.
Desde su primera edición como festival en 2017, FYJA ha intervenido algunos de los espacios públicos más emblemáticos de la Ciudad de México, desde el Jardín Botánico de Chapultepec hasta Paseo de la Reforma y el Monumento a la Revolución, consolidándose como el único festival de flores y jardines de su tipo en el país.
Esta edición dejó una imagen poderosa: Masaryk sin autos, tomada por peatones, flores, marcas, instalaciones y conversaciones. Una avenida que, al florecer, reveló otra posibilidad de ciudad. Una donde el espacio público no solo se cruza: se habita. Una donde las tiendas de lujo no solo exhiben: participan. Una donde el jardín no es adorno, sino experiencia colectiva.
Porque durante FYJA, Polanco no solo se decoró. Polanco floreció.













