Montreal, la ciudad que respira despacio
Cinco días en familia, sin las multitudes del verano, descubriendo por qué Montreal es una de las grandes ciudades del mundo que no necesita gritarlo.
Hay ciudades que uno visita y ciudades que uno respira. Montreal, para mí, fue de las segundas. Viajé con mi esposo, hija y yerno, un cuarteto fabuloso al cual también se anexaron amigos de los chavos por lo que las risas, la alegría y grandes pláticas estuvieron a la orden del día.
En esa primera semana de septiembre en la que los niños ya han vuelto a clases y la ciudad, silenciosamente, se la queda de nuevo la gente que vive ahí. No es Roma en pleno verano, desbordada de turistas bajo el sol; tampoco tiene la urgencia de Tokio ni el pulso acelerado de Nueva York. Montreal es una gran ciudad, cosmopolita y llena de vida, pero con una vibra relajada que se agradece desde el primer paseo.
Esa calma tiene mucho que ver con su relación con la naturaleza. Los parques no son un accesorio urbano aquí: son protagonistas. Se cruzan con la vida diaria, con el transporte, con los recorridos cotidianos, y le dan a la ciudad ese aire de que todo puede tomarse con más calma.
Empezamos por Place Ville Marie, frente a El Aro, la escultura circular diseñada por Claude Cormier + Associés que se ha convertido en uno de los símbolos más fotografiados de la ciudad. Debajo, en el food court, ya que camino al Museo y conociendo el centro nos dió hambre, ahí bajo el Aro nos comimos un ramen espectacular en Otto Ramen, con un toque a mantequilla inolvidable.
Visitamos el Domo, en el Parque Olímpico de Montreal que es mucho más que un estadio: el Biodomo, una retícula redonda majestuosa, fue diseñado por el arquitecto francés Roger Taillibert como parte de su plan más amplio para un parque olímpico que incluía el Estadio Olímpico de Montreal y la piscina olímpica. El lugar era una instalación combinada de velódromo y judo. La construcción del edificio comenzó en agosto de 1973 y la instalación se inauguró oficialmente en abril de 1976.En sus jardines vimos “Time's Gravity”, una exposición realmente impactante de la artista Meryl McMaster, amé como habla de las tierras nativas, del legado que los indios tienen en su gente, en sus raíces hoy en día. Y llegamos hasta ahí, como a casi todos lados, en metro: rápido, limpio y con una sensación de seguridad que se agradece muchísimo cuando se viaja en familia.
Una de las visitas que más me emocionó fue la exposición “Montreal 1976: une épreuve olympique”. Ahí revivimos aquellos Juegos Olímpicos y el momento en que Nadia Comaneci, a quién admiro muchísimo, logró la puntuación perfecta que la llevó a la medalla de oro. Verla de nuevo, tantos años después, con Daniela y Adrián a mi lado, tuvo algo de encuentro generacional muy especial, me emocioné recordando cuando yo me sentía Nadia, igual que todas las niñas de esa generación. Un 10 perfecto, a nadie se le olvida. También vivimos un momento musical con Céline Dion, orgullosamente Canadiense y el hermoso vestido de Dior que usó para la clausura de los Juegos Olímpicos en Paris.
Al día siguiente fuimos a The Montreal Museum of Fine Arts, que gran lugar, con obras de muchas épocas y de una curaduría fantástica. Me llevo en mi memoria el hermoso Jaume Plensa en color negro que hay en la entrada del Museo y una obra titulada “Cenicienta“, belleza y expresión.
Caminamos por el campus de la Universidad McGill, fundada en 1821, con sus edificios históricos de piedra gris asomándose justo al pie del parque Mont Royal. Las puertas Roddick Gates y la cúpula del Edificio de Artes son de esos rincones que detienen el paso sin que uno lo busque.
Pero si algo resumió para mí esa idea de Montreal como ciudad-jardín, fue el Jardín Botánico: 75 hectáreas, 22,000 especies, uno de los parques botánicos más importantes del mundo. El jardín chino, con su espectáculo nocturno de luces, fue de los paseos más bonitos del viaje —aunque el Insectario, dentro de la Cúpula, con cerca de 3,000 especímenes naturalizados, terminó siendo, sin que lo esperáramos, uno de los grandes favoritos de la familia.
El Old Town es encantador: calles llenas de restaurantes, boutiques pequeñas y galerías que invitan a caminar sin prisa. Y Montreal, hay que decirlo, es una ciudad de café —en cada esquina hay una propuesta distinta, cada una con su propio carácter.
La poutine, claro, era parada obligada, y la de Schwartz's fue, sin duda, la mejor que probamos: una verdadera delicia. También visitamos “The Menu”, una exposición que explora la importancia de la gastronomía y la restauración en la historia de la ciudad —un festín para quienes, como yo, somos profundamente foodies. Y entre las cenas del viaje, Gibbys se quedó como uno de los restaurantes más memorables.
Más allá de cada lugar, lo que más atesoro de este viaje fueron los cinco días extraordinarios en familia —con un clima que no pudo haber sido mejor. Montreal tiene esa rara virtud de ser una gran ciudad sin exigirle prisa a quien la visita. Se puede caminar, detenerse, admirar, comer bien y respirar hondo. Y a veces, ese es exactamente el tipo de viaje que uno necesita.




























