Por Melanie Beard.
En Punta Mita, el golf se vive como una extensión natural del paisaje. Aquí, el juego se convierte en una experiencia inmersiva donde el Pacífico acompaña cada golpe. Los campos —diseñados con una sensibilidad clara hacia el entorno— ofrecen vistas abiertas al océano, vegetación tropical perfectamente integrada y una sensación constante de amplitud que transforma cada ronda en algo más que deporte.

Desde el primer hoyo, lo que sorprende es la manera en que el diseño dialoga con la geografía. Fairways amplios, greens bien defendidos y una topografía que exige estrategia sin dejar de ser disfrutable. Es un campo que puede ser retador que nos permite jugar con libertad, y a la vez premia la precisión. El sonido del mar, presente en distintos momentos del recorrido, añade una dimensión casi meditativa, recordándome constantemente dónde estoy.
Uno de los grandes diferenciadores de la experiencia en Punta Mita es la calidad del equipo disponible. Los sets de palos, modernos y perfectamente mantenidos, están pensados tanto para jugadores experimentados como para quienes buscan una ronda más relajada. A esto se suman carritos equipados con tecnología de última generación, GPS integrado y todo lo necesario para hacer del recorrido algo cómodo y fluido. Es un servicio que elimina fricciones y permite concentrarse únicamente en el juego.

Para mí, hay un momento que define el campo —y que permanece en la memoria mucho después de terminar la ronda— el hoyo conocido como “Cola de Ballena”.
Se trata de un par 3 único en el mundo, ubicado sobre una isla natural que solo es accesible durante la marea baja. Este detalle, más allá de lo visualmente espectacular, introduce un elemento dinámico al juego: el campo cambia con el ritmo del océano, y cada día ofrece una experiencia ligeramente distinta.
Dentro de la ronda Pacífico, la “Cola de Ballena” adquiere aún más carácter al entenderse como parte de un recorrido que constantemente juega con la cercanía del mar. Aquí, el hoyo destaca por su espectacularidad y por cómo se integra al ritmo del campo: llegar a él es una progresión natural que va construyendo expectativa.

La elección del palo se vuelve especialmente crítica, ya que el viento puede cambiar en cuestión de minutos y alterar por completo la estrategia. Hay una tensión sutil en el ambiente, una mezcla entre emoción y respeto, porque aunque visualmente es uno de los hoyos más bellos, también exige precisión absoluta. Es ese tipo de momento que resume lo que hace especial a Punta Mita: un equilibrio perfecto entre desafío técnico y una belleza que, inevitablemente, roba la atención. Jugar este hoyo es tanto un reto técnico como un momento escénico. El viento, la distancia y la presión de un tiro completamente expuesto al mar obligan a enfocarse. Al mismo tiempo, el camino rocoso hacia el green —rodeado completamente por agua— se siente casi ceremonial, como si el juego se suspendiera por un instante para dar paso a la contemplación.
La “Cola de Ballena” es solo un hoyo icónico y una declaración de lo que Punta Mita representa: una integración perfecta entre naturaleza y diseño, donde el golf se convierte en una experiencia sensorial completa. Hay algo en ese momento —en ese golpe frente al mar abierto— que se queda contigo.

El campo de golf de Punta Mita logra un equilibrio poco común. Combina infraestructura de alto nivel, un diseño inteligente y un entorno natural privilegiado sin que ninguno opaque al otro. Es un destino que entiende que el lujo nos enamora con la forma en que todo fluye con naturalidad. Lo que define la experiencia es esa sensación de haber jugado en un lugar donde el paisaje y el deporte se encuentran en su mejor versión. En este edén, el golf es un escenario donde cada ronda se convierte en un recuerdo y en un encuentro con el mar Pacífico.













