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El sabor del origen: cuando el mezcal dicta el ritmo de la mesa.

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Lejos de la narrativa técnica del mezcal, esta travesía se construye desde lo humano. Desde las manos que lo producen, los paisajes que lo sostienen y las voces que lo reinterpretan. En esta edición, figuras como Lula Martín del Campo, Germán Caraballo, Luis Solano, Roberto de los Santos, y Paula García se reúnen no como invitados, sino como traductores de una tradición viva, cada uno aportando una lectura propia que transita entre la raíz y la evolución.

El punto de partida es íntimo: el hotel City Centro Oaxaca, en Jalatlaco, funciona como refugio y antesala. Desde ahí, la experiencia se despliega con precisión casi coreográfica. Una cena en Pitiona al caer la tarde —donde el mezcal no acompaña, sino dialoga— abre la conversación. Después, el viaje se adentra en Tlacochahuaya, en el palenque de la casa, donde la maestra mezcalera Juanita revela que el verdadero lujo no es el resultado, sino la paciencia.

En los campos de maguey, el paisaje impone su ritmo. Un brunch cocinado por Charito Cruz —guardiana de saberes— y un recorrido a caballo transforman la contemplación en memoria. Más tarde, Oaxaca se vuelve más terrenal: en las memelas de Doña Vale, en los mercados donde cada ingrediente tiene historia, en los aromas que no buscan sofisticación, sino verdad.

La experiencia se complejiza con dos paradas esenciales guiadas por Olga Cabrera. En La Atolería, el tiempo se suspende en una cocina que entiende la tradición como un acto cotidiano elevado. En Aguamarga, el cacao se reinventa: ya no es solo ingrediente, es lenguaje contemporáneo que dialoga con el pasado sin nostalgia.

Lo que emerge no es una ruta gastronómica, sino una forma de entender Oaxaca: como un territorio que no se explica, se siente. Donde cada elemento —del agave al cacao— es un archivo vivo de cultura, memoria y transformación.

Porque preservar lo artesanal no es mirar atrás, es sostener lo esencial. Y cuando un mezcal es honesto, no necesita artificio: encuentra su lugar en las mesas que importan y, sobre todo, en quienes saben reconocer el valor de lo auténtico.

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