El altar de muertos que TÓTEM Madrid monta cada otoño no tiene este año escalones ni arco de flores al centro. Tiene una barra. Del 20 de octubre al 4 de noviembre, este hotel del Barrio de Salamanca convierte su ofrenda anual en El Bar de Chavela, un homenaje a Chavela Vargas. Lo concibió el diseñador y joyero mexicano Daniel Espinosa, en colaboración con la marca de decoración Huakal y con Casa Chavela.
Elegir una barra es elegir una forma de recordar. La ofrenda tradicional invita a la contemplación, narra Daniel Espinosa. La barra, en cambio, es un lugar al que se llega para conversar, escuchar música y quedarse un rato más. Los organizadores la describen así: un espacio de encuentro y celebración. Para una mujer cuya presencia en el escenario se construyó sin artificios, la elección parece menos un capricho de diseño que una lectura del personaje

En el Día de Muertos, a los ausentes se les recuerda con lo que fue suyo. Aquí esos objetos viajaron desde Tepoztlán, Morelos. Casa Chavela fue la última residencia de la cantante, que vivió ahí de 2007 a 2012, y hoy funciona como hospedaje, residencia de artistas y espacio de memoria. Para el homenaje prestó uno de sus ponchos, acompañado del paliacate que siempre usaba, además de su cámara de fotos, algunos de sus discos y varias joyas.
Entre esas joyas está el centro silencioso de la historia. Según los organizadores, hay unos brazaletes y un cinturón que Frida Kahlo le regaló a Chavela, procedentes de William Spratling, el diseñador amigo de ambas. También se exhibe un collar de plata, turquesa y nácar que Chavela lució en numerosos conciertos y que, de acuerdo con la misma fuente, expresaba su apego por la cultura azteca.

Espinosa presenta además, en las vitrinas de la ofrenda, una colección cápsula inspirada en la cantante, que coincide con el lanzamiento de su tienda en línea en España. Huakal aporta la otra mitad del trabajo manual. Según la marca, trabaja directamente con artesanos de distintas regiones de México y destina sus beneficios, a través de la Fundación Kalimori, a proyectos de integración social de personas con discapacidad intelectual.
Madrid, la otra casa
Que el homenaje ocurra en Madrid no es casual. Chavela nació en Costa Rica, hizo de México su casa y encontró en España un segundo hogar artístico. Pedro Almodóvar ayudó a acercarla a nuevas generaciones y aparece en el documental Chavela (2017). Joaquín Sabina le dedicó Por el bulevar de los sueños rotos, y ambos llegaron a cantar juntos el bolero Nosotros.
Ella resumió su pertenencia en una frase que todavía incomoda y divierte: «¡Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana!». Leída junto a este altar, la frase describe también el homenaje. Es una tradición mexicana, celebrada en España, para una mujer nacida en Centroamérica, con objetos que guardan la amistad de dos artistas que se negaron a vivir según las normas de su tiempo.
Lo que revela El Bar de Chavela es que la memoria no viaja sola. Necesita manos: las de los plateros de Taxco que hicieron un cinturón hace décadas, las de los artesanos que trabajan con Huakal, las de quienes en Tepoztlán cuidan un poncho para que siga contando algo. Cuando el 4 de noviembre se desmonte la barra, esos objetos volverán a casa. Habrán demostrado, por unas semanas, que pertenecer a un lugar también puede ser una decisión.

Una línea de plata. El nombre de Spratling abre otra lectura del altar. El diseñador estadounidense se instaló en Taxco en 1928 y en 1931 fundó ahí el Taller de Las Delicias. La platería existía en la zona desde la época colonial, pero él organizó ese saber en un gran taller, formó nuevos plateros, introdujo marcas de autor y abrió mercados dentro y fuera de México. Buena parte de la plata taxqueña que hoy se reconoce en el mundo pasa por ese momento.
Daniel Espinosa nació en Taxco. Fundó su firma en 1997 y ha construido su lenguaje desde esa misma tradición platera, llevada a una mirada contemporánea. En El Bar de Chavela, un collar que Frida le dio a Chavela y el joyero que dirige el homenaje vienen, en cierto modo, del mismo lugar y del mismo oficio. Esa continuidad no está en el discurso del altar: está en los materiales.




























