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Mánamu: el aceite de oliva griego que encontré por casualidad y terminó en mi cocina para quedarse

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A veces los grandes descubrimientos gastronómicos no llegan por recomendación de un chef, por una mesa reservada con semanas de anticipación o por una cata perfectamente planeada. A veces aparecen de la forma más simple: en el estante de un supermercado, mientras uno camina sin demasiadas expectativas, buscando algo bueno para llevar a casa.

Así me encontré con Mánamu.

Lo vi entre varias botellas de aceite de oliva y, quizá por deformación profesional, me detuve en su imagen. La botella negra, el ave como símbolo, la promesa de un aceite de oliva extra virgen ultra premium y ese origen griego que siempre me provoca curiosidad. Lo compré como quien toma una pequeña apuesta. Lo abrí en casa. Lo probé con pan, después sobre verduras, luego en ensaladas y, poco a poco, sin darme cuenta, se convirtió en uno de esos productos que empiezas a usar todos los días.

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Me volví adicto.

Lo digo con toda conciencia: como gran consumidor de aceites de oliva, y como alguien que ha aprendido a probarlos con atención —su aroma, su cuerpo, su amargor, su picor, su permanencia en boca—, Mánamu se ha convertido en uno de mis favoritos por tres razones:

  • Tiene carácter sin ser agresivo. Su perfil es afrutado, limpio y elegante, con un ligero amargor y ese toque picante que, para quienes amamos el aceite de oliva, suele ser una señal de calidad y frescura. No es plano, no es pesado, no desaparece. Acompaña y eleva.

  • Se siente honesto desde el origen. Mánamu proviene del Peloponeso, en Grecia, una región de tradición olivarera donde la aceituna Koroneiki es protagonista. Esta variedad, pequeña pero intensa, es reconocida por su concentración, su personalidad y su relación con aceites de gran calidad. Aquí hay una historia clara: olivos, tierra, cosecha y técnica.

  • Lo que promete está respaldado. No se trata solo de una etiqueta bonita. Su aceite se extrae en frío, a menos de 27 °C, mediante procesos mecánicos, y presenta una acidez baja, entre 0.2 % y 0.4 %, muy por debajo del límite permitido para un aceite extra virgen. Además, ha sido reconocido en competencias internacionales como New York International Olive Oil Competition, Berlin Global Olive Oil Awards, London International Olive Oil Competition, Global Olive Stars y Athena International Olive Oil Competition.

Hay algo muy especial en encontrar un producto que no necesita gritar para demostrar calidad. Mánamu tiene esa elegancia silenciosa: la de los ingredientes bien hechos, con origen, con cuidado y con una historia que se percibe desde la primera gota.

Su narrativa también importa. La marca nace de raíces familiares que se remontan a siete generaciones y de una intención clara: que el consumidor sepa de dónde viene su aceite, quién lo cultiva y cómo se produce. En una época en la que la palabra “extra virgen” aparece en demasiadas etiquetas sin suficiente contexto, esa transparencia se agradeceMánamu nació en Grecia, pero crece en México”, dicen sus fundadores.

La frase me gusta porque resume muy bien lo que sucede con este aceite: tiene alma mediterránea, pero encuentra un lugar natural en nuestras mesas. Funciona con pan artesanal, pescados, ensaladas, pastas, verduras rostizadas, quesos frescos y también con preparaciones más mexicanas donde un buen aceite puede cambiar por completo el resultado.

Desde la mirada wellness, Mánamu también conecta con una forma más consciente de comer. No desde la restricción, sino desde el placer inteligente: elegir mejores ingredientes, cocinar con más intención y entender que el bienestar también puede estar en los pequeños rituales cotidianos.

Para mí, ese es su verdadero lujo. No está en la ostentación, sino en abrir una botella y sentir que hay algo bien hecho detrás. Un producto con origen, premios, técnica y sensibilidad. Una casualidad de supermercado que terminó convertida en hábito.

Y cuando un aceite de oliva logra eso —que quieras volver a él todos los días—, entonces ya no es solo un ingrediente. Es parte de tu mesa.

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