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El primer Día de Muertos sin Pedro Friedeberg

Pueblo Bonito Vantage, bajo la nueva Dirección de Alfredo Rentería, organizó un fabuloso fin de semana orquestado por Diana Friedeberg, hija del Maestro y Daniel Espinosa, joyero.

RR

Rosenda Ruiz

Periodista, experta en comunicación estratégica y lifestyle

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Un fin de semana organizado por el hotel Pueblo Bonito Vantage coincidió con el homenaje de la familia Friedeberg al artista, el cual continuará con un evento muy especial por el joyero Daniel Espinosa y el diseñador Jorge Ayala. Entre una cena guanajuatense, un desfile en preparación y un concurso de catrinas, la ciudad muestra cómo el recuerdo se vuelve una obra colectiva.

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En el Centro de San Miguel de Allende, el Día de Muertos empieza en la calle. El papel picado cruzaba de un balcón a otro y cientos de puestos ofrecían maquillaje, tiaras de flores y calaveras a quien quisiera, por unas horas, formar parte de la celebración. La fiesta no pedía boleto: bastaba con detenerse y dejarse pintar el rostro.

Así comenzó un fin de semana lleno de tradición, color y sabores, todo orquestado bajo la Dirección de Alfredo Rentería, Director del Hotel Pueblo Bonito Vantage y la Directora de PR y Marketing de Grupo Pueblo Bonito Golf & Spa Resorts, Mary Van Den Heuvel. Para este viaje, socialités y amigos periodistas de la casa recibieron invitación para vivir la mejor fecha en esta Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Este año, entre los nombres que la ciudad recuerda hay uno propio. Pedro Friedeberg, nacido en Florencia en 1936, hizo de México su casa y de su silla-mano un emblema del surrealismo mexicano. Murió el 5 de marzo, a los 90 años, en su casa de San Miguel. Su familia le rinde homenaje en tres espacios de la ciudad: el Centro Cultural El Nigromante, Galería Diana y Casa de la Canal. Así, su primer Día de Muertos de ausencia coincide con una ciudad que lo exhibe, lo comenta y vuelve a ponerlo en circulación.

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Ese cruce entre memoria pública y memoria familiar marcó el fin de semana. La pregunta que deja el recorrido es menos turística de lo que parece: ¿cómo se transmite una tradición de recuerdo cuando la celebran al mismo tiempo una comunidad, una familia y quienes llegan de fuera?

Una mesa guanajuatense

El primer encuentro fue alrededor de una mesa. En el restaurante LaFrida, el chef Daniel López Rodríguez presentó un menú de cuatro tiempos maridado con un vino de Guanajuato: un ensamble de Cabernet, Merlot y Malbec cuya historia remite a Maca y Olivia, los galgos que acompañan a sus dueños en sus caminatas por el viñedo.

El detalle importa más allá de la anécdota. Guanajuato ha ganado presencia en el mapa del vino mexicano, y que una cena de Día de Muertos se acompañe con una botella producida en el mismo estado dice algo sobre cómo la región quiere contarse: no solo como destino colonial, sino como un territorio que produce.

El Maestro, en tela y en sala

Al día siguiente, en el primer cuadro, el grupo visitó la boutique del diseñador Daniel Espinosa. Ahí, Espinosa habló del proyecto que prepara con la hija de Pedro Friedeberg y con el diseñador Jorge Ayala: un desfile de moda vintage concebido en diálogo con las mascadas que Ayala diseñó a partir de impresos del artista. El proyecto se suma al homenaje familiar en las tres sedes.

En esa propuesta hay una decisión de oficio que vale la pena observar. Buena parte de la obra de Friedeberg habitó el terreno del objeto: sillas, mesas y piezas hechas para convivir con quien las usa. Llevar sus impresos a una mascada y hacerlos desfilar junto a prendas vintage, ropa que ya tuvo otra vida, prolonga esa lógica: la obra sale de la pared y vuelve al cuerpo.

Para entrar en ese universo, el recorrido continuó por las salas del Centro Cultural El Nigromante, instalado en el antiguo convento de La Concepción y una de las sedes del homenaje.

Catrinas en el Patio

Por la noche, el Patio del hotel se convirtió en escenario. Un ballet de danzas regionales, formado por jóvenes bailarines, abrió la velada con varios cuadros. Después vino el Concurso de Catrinas. Las participantes, ataviadas con perlas, joyas y tocados y con maquillajes que tomaban sus motivos de la Talavera, recorrieron la pasarela.

La catrina nació como sátira en los grabados de José Guadalupe Posada y Diego Rivera le dio nombre y vestido. Con el tiempo pasó de la crítica social a la celebración, y hoy es también un ejercicio de diseño personal: cada quien decide cómo vestirse de muerte. Que esos rostros citaran la Talavera, la cerámica de Puebla y Tlaxcala reconocida por la UNESCO en 2019, muestra cómo una tradición toma prestado el vocabulario visual de otra.

La cocina acompañó la noche con pozole rojo y verde, gorditas, memelas y champurrado, además de cocteles preparados con xoconostle, la tuna ácida de algunas variedades de nopal del centro del país.

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Lo que se ve desde arriba

Desde el hotel se alcanzan a ver ocho cúpulas de las iglesias del Centro. Es una vista que resume la escala de una ciudad inscrita en 2008, junto con el Santuario de Atotonilco, en la lista de Patrimonio Mundial.

Desde ahí, la celebración parece una sola. Pero el fin de semana mostró que está hecha de capas: las calles, donde cualquiera puede pintarse una calavera; una familia que decide cómo recordar a su artista; diseñadores que convierten esa memoria en una pieza que se puede llevar puesta; un hotel que abre su patio a la danza y a la pasarela. En San Miguel, recordar también es decidir qué se conserva y quién lo cuenta. Este año, uno de los recordados dejó obra suficiente para que la conversación siga.

RR

Rosenda Ruiz

Periodista, experta en comunicación estratégica y lifestyle

Los viajes, restaurantes, las marcas, el lifestyle, la moda y la lectura han sido mis mayores pasiones en la vida. Hoy, a mitad del viaje, he recopilado experiencias, historias, anécdotas y risas.

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