
Cena Negra XV: la noche para honrar los nombres ausentes y seducir a los amantes presentes
En Hotel Matilda, una instalación de Jesús Valenzuela y un menú de Rodrigo Rivera-Río propusieron dos maneras de acercarse al Día de Muertos: dar forma al recuerdo y reunir a otros alrededor de él.
Lorenzo Ruíz Martínez













































El arte como puente entre la ausencia y el recuerdo. El artista Jesús Valenzuela presentó La llegada, una instalación que reinterpretó los rituales funerarios mexicanos y convirtió los nombres escritos por los invitados en una expresión colectiva de afectos, historias y vínculos que trascienden el tiempo.
Una experiencia gastronómica que celebra la identidad mexicana. El chef Rodrigo Rivera-Río, de KOLI Cocina de Origen, creó un menú exclusivo de cinco tiempos, acompañado por una selección de vinos de BLN Brands y Tequila Casa Dragones.

Al final de un pasillo de petates, un muro negro ofrecía una instrucción sencilla: escribir con gis el nombre de alguien que hubiera muerto y cuya presencia se quisiera convocar esa noche. Según el relato de Hotel Matilda sobre la decimoquinta edición de Cena Negra, la superficie se fue llenando con las aportaciones de los invitados. Dentro de un encuentro organizado alrededor del arte y la gastronomía, ese gesto introducía algo que ningún programa podía determinar de antemano: a quién elegiría recordar cada persona.






Celebrada en San Miguel de Allende en torno al Día de Muertos, Cena Negra XV reunió la instalación La llegada, de Jesús Valenzuela, y un menú de cinco tiempos del chef Rodrigo Rivera-Río, de KOLI Cocina de Origen, en Monterrey. La relación entre ambas propuestas permite mirar más allá del calendario de una celebración: cómo se dispone un espacio para que una referencia cultural encuentre una expresión personal.


Valenzuela eligió el petate como elemento conductor. De acuerdo con la descripción de la obra difundida por el hotel, el artista retomó su uso funerario como envoltura de los cuerpos y lo trasladó a una instalación sobre el regreso de quienes han muerto. El material adquiría así una función espacial: organizaba el acceso y establecía un recorrido antes del encuentro alrededor de la mesa.
Camino al Mictlán estaba compuesto por nueve módulos consecutivos dispuestos verticalmente. En el planteamiento de la instalación, esa secuencia aludía a los nueve niveles del tránsito hacia el inframundo. Se trataba de una interpretación artística situada dentro de un hotel, con decisiones propias de escala, disposición y participación. Leerla desde esas decisiones permite reconocer su propuesta sin convertirla en una explicación total de los rituales funerarios mexicanos.

El muro al final del recorrido cambiaba la relación con la obra. Para participar bastaba con elegir un nombre y escribirlo. La referencia a la muerte encontraba entonces una persona concreta, aunque su historia permaneciera desconocida para los demás. Compartir una superficie no exige compartir una biografía: los nombres podían coexistir sin que sus autores tuvieran que explicar el vínculo, la pérdida o las circunstancias del recuerdo.

Ahí reside una de las posibilidades más interesantes de La llegada. La instalación ofrecía una estructura común y dejaba una parte de su contenido en manos de quienes la recorrían. El artista decidía el soporte y la invitación; los asistentes aportaban aquello que volvía particular cada inscripción. La memoria entraba en el espacio colectivo conservando una zona de intimidad.

La cocina proponía otra forma de reunir referencias. Rivera-Río viajó desde Monterrey para preparar un menú concebido para esta edición. Meteorito combinaba atropellado de carne seca, tempura de ceniza y caviar Amur. Le seguía Olga Hernández, con melón, pepino, pipián y quinoa. El tercer tiempo, Mole negro, incluía tomate asado, requesón y borrego; después llegaba Carne asada, con Wagyu Cross, ajo negro, coliflor y sal. El cierre, Silencio, reunía miel, leche, flores y caviar Amur.




Leída en conjunto, la secuencia alternaba nombres de preparaciones reconocibles con títulos que abrían asociaciones. Carne asada anunciaba directamente una forma de cocinar; Silencio dejaba una imagen abierta junto a sus ingredientes. El caviar aparecía tanto al principio como al final, mientras la carne seca, el pipián y el mole introducían otras referencias culinarias. Esas combinaciones permiten observar la composición del menú, aunque para conocer las memorias o intenciones detrás de cada plato haría falta escuchar al cocinero.

Las bebidas también formaron parte de la organización del encuentro. Casa Dragones Blanco estuvo presente en el cóctel de bienvenida y Casa Dragones Joven acompañó el primer tiempo. La selección de vinos de BLN Brands incluyó Robert Mondavi California Chardonnay, BY.OTT Rosé y Arzuaga Reserva; el postre se sirvió con Disaronno Velvet. Su participación sitúa la cena dentro de una colaboración entre hospitalidad, cocina y marcas, una condición concreta del formato en el que se presentó esta lectura de la tradición.



Bruce James, socio-director de Hotel Matilda, explica el origen del encuentro mediante la intención de reunir arte, gastronomía y conversación. “Hoy, quince ediciones después, seguimos contando la misma tradición de una manera distinta cada año”, afirma en el comunicado. La continuidad que describe depende de una tarea de interpretación: elegir qué elementos recuperar, quién los trabajará y qué lugar tendrán los invitados.

“Después de pasar mi primer año en San Miguel de Allende, entendí que Día de Muertos concentraba mucho de lo que hace único a México: el color, la tradición y esa manera tan especial de celebrar la vida a través de quienes ya no están. Quisimos llevar todo eso a Matilda desde lo que mejor sabemos hacer: curar arte y gastronomía, provocar conversación y reunir a la gente alrededor de una mesa. Así nació Cena Negra. Hoy, quince ediciones después, seguimos contando la misma tradición de una manera distinta cada año.”
— Bruce James, socio-director de Hotel Matilda

“Hay algo muy especial en regresar cada año a Cena Negra. Después de quince ediciones acompañando a Hotel Matilda y a mi gran amigo Bruce, esta celebración se ha convertido en una tradición muy cercana a mí y a la historia de Casa Dragones. He tenido la fortuna de ver cómo ha crecido, cómo se ha reinventado y cómo cada año logra reunir a personas extraordinarias alrededor del arte, la gastronomía y nuestra cultura. Para mí, lo más bonito es que seguimos encontrando nuevas maneras de celebrar México, de compartir nuestra esencia y de brindar por la vida y por quienes siempre estarán presentes.”
— Bertha González, cofundadora y CEO de Casa Dragones
En esta edición, la respuesta más precisa estuvo en el muro. Su contenido dependía de una decisión que la organización podía invitar, pero no tomar por nadie. Entre el recorrido diseñado por Valenzuela y la mesa de Rivera-Río quedó ese margen para aportar algo propio. Un nombre escrito con gis bastaba para introducir, en una celebración compartida, una historia que pertenecía a alguien.


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